Ineludible
verdad
Ayer
soñé que morías y una mano invisible oprimió mi garganta hasta hacerme
gemir.
Sin
amor, dijiste por última vez y no eran palabras, porque todo lo dices a través
de tu verdad, tu ineludible verdad. Al despertar tuve el impulso de correr
hacia ti y coger algo, cualquier cosa que hubieras dejado como regalo en mi
modesta casa, y fueron los geranios, las rosas, los tulipanes quienes me
salvaron transitoriamente, porque no logro concebirme sin tus halagos de Diosa
temperamental.
Soñé
que morías y el cielo se nublaba y no era una muerte rápida, era la agonía
de una vida, de todas las vidas agonizando a la vez, despidiendo la
podredumbre de los sueños más vanos, vaciados sobre las bragas del silencio.
Más
de una vez intentaron asesinarte y tu venganza no tardó en llegar.
Soñé
que morías y una mano invisible oprimió mi garganta; soy la tierra vida y
refugio de tu humanidad. La evidencia de tu verdad me dejó atónito. Podrás
vivir mutilada y yerma, despedazada quizá, pero no existirá hombre capaz de
resistirlo.
Apuesta
Hagamos
una apuesta: el primero que rompa un árbol gana (…) Luego se queda para
siempre bajo el sol.
Esclavos
No
me robes el agua mientras duermo la siesta, podrías morir accidentalmente si
alguien te arrancara la máscara de oxígeno.
Recuerda
que somos esclavos de la contaminación.
Roxana
Heise
Mercedes
Fernández
LLUVIA
Y LÁGRIMAS
-Se viene una linda tormenta, Raulito. Ayúdame a sacar los baldes.
Raulito trajo los baldes y las ollas, los floreros y hasta la bañadera
con ayuda de su madre.
A través de la ventana miraban las nubes moverse como bocanadas de
humo de tabaco. Hacía mucho calor y no llovía desde varios meses atrás, así
que la promesa de una lluvia generosa los entusiasmaba a los dos únicos
habitantes de la casita polvorienta, Raulito y su mamá.
Miraban a través de la ventana con gran ansiedad. A la mujer se la oía
rezar entre dientes, con los dedos de las manos entrelazados. Raulito veía a
los perros desperezarse y caminar por el terreno seco y con poca vegetación o
ninguna. Y arriba las nubes bailaban una danza con música de truenos, con música
de tambores.
Cuando comenzó el aguacero, la mamá le dijo a Raulito:
-Hijo, cuando estén llenos salimos corriendo a entrarlos. ¿Entendiste?
Raulito asintió con los ojitos más que con un menear de la cabeza y
se arrimó a la puerta. Su madre la había abierto para no perder tiempo.
-¡Raulito, trae el florero de vidrio, que ya está lleno!
Raulito corrió bajo la lluvia y agarró el pequeño florero y lo entró
a la casita polvorienta, que estaba recibiendo un buen baño.
-Ahora me toca a mí –dijo la mujer y salió en busca de una olla.
Raulito fue después por otra olla.
Los dos fueron entrando baldes, ollas y cacerolas al interior de la
casita. Pero, cuando la bañadera estaba llena y fueron juntos a buscarla, los
perros, sedientos, les hicieron frente, gruñendo y ladrando.
-Tienen sed, Raúl. Están furiosos porque le vamos a quitar la bañadera.
¡Hay tan poco agua en esta región!
Raulito entró corriendo a la casita y salió con una olla de barro
algo rota y se la arrimó a los perros sedientos.
La madre perdió la calma y se enojó mucho y le gritó desesperada:
-¡No les des el agua! ¡La necesitamos toda!
Después cargaron la bañadera y la entraron a la casita. Una vez
adentro, la madre lo miró con pena a su hijo.
-Mira Raúl, perdona que te haya gritado allí afuera. ¿Sabes? El agua
es un don precioso del cielo. Algunos pueblos como el nuestro no tienen agua
en casi todo el año. Este desierto fue una vez un prado y un bosque. ¿Has
visto las fábricas abandonadas y la represa seca? Toda el agua se la consumió
la ambición humana. Y no nos queda otra cosa que hacer que ser un poco egoístas.
Debiste pensar en todo eso antes de llevarle la olla a los perros.
-Mamá –le explicó Raulito-, yo estuve pensando en los pobres perros
y en lo pobres que somos nosotros. Y mientras pensaba oía la gotera del
cuarto. Y mientras tú le rezabas al Dios del cielo yo tomé la olla de barro
rota en que guardas tus hilos de coser y las agujas. La puse debajo de la
gotera. Caía agua sucia con mosquitas y arañas del techo. Les di esa agua a
los perros. Que Dios me perdone, pero ellos son más fuetes que las personas y
las mosquitas y las arañas también les gustan. Como que se comen todo lo que
encuentran porque están muertos de hambre.
La madre escuchó conmovida la narración de su pequeño hijo. Lo abrazó
y se puso a llorar. Raulito, muy sorprendido le advirtió:
-No deberías llorar esos lagrimones, mamita, que el agua que cae de
los ojos es como el agua que cae del cielo. Guárdala para cuando ya no caiga
más agua del cielo.
Mercedes
Fernández
M. Carmen Guzmán
CICATRICES
Queridísimo
hijo:
Estoy
tan herida, tal maltratada y débil que no sé si me quedarán fuerzas para
escribir esta carta. Una madre ama a sus hijos aunque estos sean los más
crueles asesinos, aunque sean ingratos y no le correspondan con el mismo amor.
Te
he alimentado y educado lo mejor que he podido, dado tierras para cultivar, regalado maravillas para
contemplar, techo donde guarecerte y todas las buenas cosas que una buena
madre sabe ofrecer a sus hijos ¿Qué a veces tengo mal genio? ¿Qué te he
castigado cruelmente? Lo reconozco, es verdad, pero es que me has hecho tanto
daño, me has puesto en tales extremos
que no he podido evitar estallar con furia de vez en cuando.
Tú
y tus hermanos me habéis infligido heridas incurables, tantas, que mi cuerpo
se ha cubierto de grandes cicatrices. Has quemado los jardines que te
regalé, mermado los rebaños que heredaste y, lo que es peor, has luchado a
muerte con tus hermanos, lo que más me ha dolido de todas tus maldades. Por
eso, has de saber que una madre enferma ya no es capaz de cuidar de sus retoños
porque perdió la fuerza y el vigor juvenil. Reflexiona, hijo mío: si yo
muero ¿quién cuidará de ti? Mi piel, anciana y reseca
apenas
puede hidratarse con mis lágrimas, porque tú, hijo ingrato, has hecho un mal
uso de los tesoros que te entregué. No te quejes ahora de la sequía, de los
terremotos, de los huracanes y demás tragedias: no son más que los
estertores de mi propio cuerpo agotado.
A
pesar de todo, y por encima de mis cicatrices, te amaré mientras mi corazón
en sístole y diástole siga latiendo durante siglos y siglos. Tu madre.
Gaia,
Pachamama, Geo, Tierra…como quieras llamarme.
OTROS
BOSQUES
Cuando llegó, el Sol no había descendido totalmente. Los escasos árboles
empezaban a extender su sombra sobre la tierra ocre cubierta de ramas resecas
y crujientes bajo sus pies. Ni una caseta, ni un árbol frondoso, ni siquiera
una silla donde poder sentarse a vigilar, a esperar que aquellas veinticuatro
horas siguieran su cansino caminar de bueyes resignados a la rutina.
Abrió
el maletero del coche y sacó una mochila verde musgo, lo único verde a su
alrededor. Un termo con café, una fiambrera de tres pisos, algunas galletas y
una exigua nevera de plástico conteniendo refrescos era todo lo que tenía
para ayudarle a soportar las horas venideras. Debía tener cuidado en repartir
los líquidos y las viandas en sus correspondientes comidas: cena, desayuno y
almuerzo, y en este mismo orden.
Eran
como en el famoso poema de Lorca, las cinco en punto en todos los relojes, la
hora en que los toreros se juegan la vida, como él, pero por un miserable
salario. Y sin público que le aplaudiera.
De
la mochila sacó un libro, lo mejor para acortar el tiempo y paliar la
soledad. Abrió las cuatro puertas del coche, para que el aire entrara como
Pedro por su casa y saliera dejando un rastro de aroma campestre, pero nada,
el coche era un horno. El tronco horizontal de un árbol—sabe Dios qué
viento amargo pudo abatirlo—le sirvió de asiento y comenzó a leer. De su
frente cayó una gota de sudor que emborronó las letras y formó surcos en el
papel. Una cagadita de pájaro siguió el mismo camino. Crepitó la hojarasca,
se movió una hoja y los árboles parecieron arder en un incendio sin llamas
por el Sol que empezaba a marcharse.
No podía, no debía arrepentirse de haber aceptado el empleo. Un
salario miserable, veinticuatro horas de vigilia y doce de asueto, mínimo
tiempo para asearse, comer algo y dormir. Y si no, lo tomas o lo dejas, esto
es lo que hay y ahí está la puerta para marcharse, no te jode. Hay que
vigilar la obra. Que nadie se lleve los materiales ni se nos metan ocupas ¿eh?
y si ve algo sospechoso, nos llamas. Eso, pero el móvil, en lo alto de
aquella loma, sin cobertura. Estupendo.
Tampoco era cosa de meterse en la obra: un proyecto de urbanización para
ricachones que todavía no contaba con más techo que el cielo para pasar la
noche que ya se iba acercando. Lo sabía por el escándalo de los gorriones
peleándose por sus centímetros cuadrados de vivienda. No era aún de noche,
pero como no podía hacer más cosas que sentarse, pasear, comer, beber o
pensar, eligió lo cuarto y lo quinto: comer y beber, aunque el pensamiento se
le disparaba por otros derroteros. Unas horas más tarde, cuando la oscuridad
y el aburrimiento avanzaban, encendió un quinqué previamente colgado de un
árbol y se dispuso a dejar pasar el tiempo. No quería dormirse en aquella
soledad, en aquel silencio que empezaba a darle escalofríos.
Sin
apenas darse cuenta, su pensamiento se fue convirtiendo en un soñar
despierto, elucubraciones, recuerdos de su infancia. Pero entre las imágenes
evocadas, se iban introduciendo cosas inquietantes que no quería recordar,
intrusos, ideas descabelladas, fantasmas que no pertenecían a ninguno de sus
mundos, ni a éste ni al suyo, tan distantes y distintos. Ni de de este país
cálido del sur, ni del suyo, frío y semiestepario. Recordaba un bosque, no
como el que le rodeaba, raquítico, sino inmenso, lleno de claroscuros, donde
la fronda le llevaba entre susurros por
un túnel de hojas hasta desembocar en el frescor de un lago. Al fondo, unas
montañas
coronadas
por la nieve mientras un airecillo fresco empezaba a enfriarle el sudor. Se
elevó hasta una nube. De pronto. Sin pensarlo.
Ingrávido
y feliz, miró hacia abajo y vio a un
hombre apoyado en el tronco de un árbol. El hombre dormía apaciblemente.
Reconoció su mochila verde y entonces cayó en la cuenta de que el durmiente
era él. En un primer momento sintió miedo, pues pensó que había muerto,
pero luego se tranquilizó al ver que su pecho subía y bajaba suavemente.
Bueno ¿y por qué no disfrutar de este privilegio? Si floto en el aire, si no
peso, si puedo volar ¿qué mejor manera de pasar esta noche tan larga?
Con
sólo un mínimo esfuerzo de su cuerpo empezó a moverse, sobrevoló el
paisaje semiestepario donde reposaba su cuerpo dormido, pasó por encima de
los raquíticos árboles que limitaban aquel terreno desecado, voló por
encima de pueblos blancos que se destacaban sobre el ocre de la tierra y, por
fin, divisó un bosque de pinos. Ya era de día, y el verdor de los pinares
relucía como un cuadro impresionista: manchas, espejuelos en las hojas,
remolinos de color y chispazos de luz desperdigadas en las sombras. Y sintió
su olor, el olor del bosque, de la savia, el perfume limpio y sedante de los
pinos, y escuchó el crujir de las agujas bajo el pisar de las bestias…y
todas esas sensaciones se le metían en el corazón como un abrazo suave, cálido
y fresco a la vez, sensaciones que lo llenaban de una extraña felicidad.
Sobrevoló
todas las clases de bosques: de olivos, alisos, olmos, abetos, naranjos y
limoneros; contempló enormes extensiones de árboles chaparros, divisó el
techo impenetrable de las selvas, y poco a poco, el suelo ocre de las taigas y
estepas.
Sufrió
terriblemente ante los extremos desastres de los elementos: el fuego que
convierte el verdor en desiertos inmensos, las aguas desbordadas llevándose
las ilusiones, huracanes devastadores y temblores del corazón de la Tierra
enojada. Quiso entonces ser lluvia bienhechora, cerro protector, hogar de
afligidos, viento suave, e inmensa rama de un árbol
para
cobijar al pobre ser humano que sufría allá abajo, pero entonces recordó su
pobreza y nimiedad.
Volvió
a su cuerpo. Amanecía. De su mochila sacó el termo de café y unas galletas.
Luego, cuando se sintió reconfortado, prendió un cigarrillo y comenzó a
fumar. No terminó el gesto. Un cervatillo lo miraba con sus enormes ojos
inocentes. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó repetidamente, hasta
asegurarse de que estaba completamente apagado.
M
Carmen Guzmán
Pedro
Mirigliano
FUTURO
(1994)
¿ Cuál es el futuro que le espera a la humanidad?, ¿ Existirá ese futuro ?
No puedo inmaginar - soy escéptico por naturaleza - una imprevista toma de
conciencia de la sociedad, no puedo creer que de la noche a la mañana se deje
de contaminar el agua, que de repente se piense en el impacto ecológico antes
de hacer o deshacer algo, que se dejen de aplicar recetas económicas, políticas
o sociales donde el hombre, los animales, el planeta, tienen más valor como
lote, piel o estadística, es decir , como bien utilitario, disociado de lo
trascendente del espíritu y la vida, eje central en que se apoya el
ecosistema.
Yo descreo de tanta tecnología cientificista, que en su contradicción
destruye el planeta y vuelve salvajes a los hombres. ¿ Está tan alejado el
saber de la sabiduría ?. Las personas que tienen en sus manos el control del
mundo, que manejan las voluntades por medio de la electrónica, de las
presiones políticas, económicas, del soborno o llegado el caso la represión:
estas gentes ¿ nacieron de una probeta ? ¿ fueron huérfanos educados por
una máquina ?, ¿ están imposibilitados de tener hijos ?, ¿ son inmunes a
la contaminación ?, ¿ piensan morir mañana ?Se debe ser tan simple como una
ameba para no darse cuenta que las condiciones, o ya debería decir, las
posibilidades de vida, en virtud del extremo peligro, son mínimas; cómo
piensan resolver el problema de mares muertos porque la contaminación les
impide generar oxígeno ?, con qué van a suplantar los bosques, la selva amazónica?.
Grandes zonas desérticas en un planeta recalentado, especies extinguidas,
bombardeados por los rayos ultravioleta de un agujero cada vez más grande en
la capa de ozono.
Millones de seres mutantes que luchan desesperadamente por sobrevivir,
hambreados, indefensos, que chocarán violenta e inexorablemente contra ejércitos
de otros millones de hambrientos al servicio de esos señores Amos del Mundo,
que encerrados en sus grandes ciudades de cemento armado, hormigón y
microchips, releen todos los días el debe y el haber de sus libros de
contabilidad. Y después de esta última batalla donde se agotarán las últimas
reservas de agua, oxígeno plantas y cordura, terminará por fin la vida sobre
el planeta. Y tal vez se haya cumplido el sueño del tecnócrata: un planeta
entero en silencio, donde todo permanece en un mismo lugar, con mudas
chimeneas apuntando a un cielo muerto, donde todo puede ser sumado, restado:
el inventario perfecto. Una gran maqueta, una gigantesca muestra de la
estupidez humana.
¿ ese es el futuro que le espera a la humanidad , este es el futuro que nos
espera o le legaremos al devenir ? Ojalá que no, yo espero que los jóvenes
logren darse cuenta de cual es su compromiso y se hagan cargo cuanto antes de
los destinos del mundo. Mientras tanto debemos aligerarles la carga educándolos
con el ejemplo de intentar un mundo mejor.
La unica fórmula que conozco es RESISTIR, resistir a que nos laven la cabeza,
resistirnos a ser hombres sin alma y sin conciencia. No resignarnos a seguir
perdiendo espacios verdes, resistirnos a los que nos quieren obligar a ser
soldados o esclavos. Resistirnos a una máquina que hace el trabajo de 14
hombres y los obliga a mendigar o talar árboles o cazar animales en vías de
extinción para poder comer. Resistirnos a un mundo alejado de la naturaleza,
que nos invade más y más de cemento y parece querer convertirnos en
estatuas. Resistirnos a un mundo esquizofrénico que se aleja cada vez más
del arte y el espíritu y reemplaza una charla, un buen vino, un paisaje, una
protesta evadiéndose con máquinas de realidad virtual, que adormece sus
sentidos con la droga, que prefiere ver dar vueltas al lavarropas a revolverse
contra sí mismo.por eso resista; no se crea que es sólo un cliente. Usted es
mucho más que eso.
Entonces RESISTIR, RESISTIR, para que el mundo sea más justo y el futuro
posible.
PD.
La frase de hoy es: " Hay épocas en la historia en que el progreso es
reaccionario y la reacción es progresista." SCHOPENAHUER
Pedro
Mirigliano
Oscar
Marín Repollet
José Samper
Fuegos
artificiales desde el planeta Melón
La
última nave de exploración Solaris descendía lentamente en su plataforma.
El cielo nocturno de Melón estaba despejado, y podían observarse con
claridad todas las estrellas. Ataulfito miraba a lo alto elevando las antenas
que sujetaban sus tres ojos, y esperando el momento que sabía que llegaría
pronto, aunque aún mantenía una absurda esperanza de que no llegara. Pero de
pronto llegó. Una estrella lejana, apenas un puntito sobre el horizonte,
estalló difundiendo miles de luces, como si se tratara de un espectáculo de
fuegos artificiales, iluminando el cielo de melón durante unos segundos, para
luego dejar de nuevo paso a aquel cielo despejado y oscuro, en el que podían
observarse con claridad todas las estrellas menos una “el Sol”. Ataulfito
bajó su cabeza tristemente y retrajo sus antenas. Urraquita le miraba desde
lejos, pero al fin decidió acercarse con su andar gracioso y rápido
alternando sus tres piernas, y le acarició con sus antenas intentando
consolarlo.
-
Tú no tienes la culpa de
nada. En realidad esos seres eran horribles, y no lo digo sólo por su aspecto
(su cabeza pequeña y sin antenas, con sólo dos ojos incrustados en medio de
su frente, y con sólo dos piernas y dos brazos ¡Puaj!), sino por su forma de
pensar y actuar, continuamente guerreando entre ellos, maltratándose y matándose
los unos a los otros, contaminando y destrozando su propio ecosistema hasta
que al final, ya lo has visto, el resultado final era inevitable.
-
Sí, supongo que tienes razón,
pero he pasado mucho tiempo estudiándolos y no puedo evitar sentirme
triste… ¿Te he contado lo que hacían cuando se sentían tristes?
-
No
-
Verás, hacían unos sonidos
extraños con instrumentos que ellos fabricaban, e incluso con sus propias
voces, o con sus manos, chocándolas unas con otras…lo llamaban “música”;
y a la vez que hacían esa “música”, comenzaban a moverse de forma extraña
y graciosa, con sus dos brazos y sus dos piernas, le llamaban “bailar”
-
¿y con eso combatían la
tristeza?
-
Sí, así es.
-
Ya lo ves, otra prueba mas de
lo absurdos que eran
…..
-
Escribían
-
¿queeeeé?
-
Hacían una serie de
garabatos sobre una superficie lisa y
transmitían de ese modo historias, formas de pensar, o sencillamente mensajes
que se transmitían de unos a otros
-
¿y para qué?
-
Bueno, es que ellos no tenían
órgano telepático
-
¿Noooo?, ¿y cómo se
comunicaban?
Pues
por medio de esos garabatos o por la voz
-
¿Y se entendían los unos a
los otros?
-
No siempre
-
¡Vaya!, eso explica muchas
cosas
-
Si, supongo que sí
-
Bueno,
ahora ya todo es inútil. Olvídalo
-
Ya, pero no puedo dejar de
pensar si hubiera podido hacer algo para evitarlo
-
¿Algo como qué?
-
No se, quizás enviarles un
mensaje en su forma de escritura.
-
Seguro que no le harían ni
caso, de hecho, han tenido miles de mensajes; desaparición de especies,
desertización, cambios climáticos, pérdida de la capa de ozono… ¿Por qué
iba tu “mensaje” a dar mejores resultados que los otros?
-
Tienes razón, no creo que
diera ningún resultado, pero al menos mi conciencia estaría más tranquila.
Gracias por telepatear conmigo un rato Urraquita, me siento mucho mejor.
-
De nada Ataulfito
Cuentos
de duendes
Era
un día caluroso de verano; el sol jugaba a encontrarnos con sus rayos a través
de las escasas rendijas que dejaban las ramas de los árboles; tras una larga
caminata decidimos parar a descansar en un claro del bosque; Gumersilda sacó
los alimentos de la cesta y los dispuso sobre una piedra plana con forma de
mesa; nos sentamos alrededor y comimos y bebimos como si lleváramos días sin
hacerlo. El viejo Arameo se tumbó a dormitar a la sombra; yo pretendía hacer
lo mismo, pero los niños empezaron a saltar a mi alrededor gritando:
- ¡Papá cuéntanos un cuento! ¡Papá cuéntanos un cuento!
- ¡Está bien! ¡Está bien! Os contaré el cuento de la pequeña Gilda. Érase
una vez…
- ¡Ese ya lo has contado! –dijo Juanito
- No tonto, es que todos los cuentos empiezan así –contestó Martita
- ¿Y porqué todos los cuentos empiezan así?
- ¡Vale niños! ¿Me dejáis continuar?
- ¡Sí pero no digas “érase una vez”!
- ¡Vaaaaale! Pues: éras…¡Uy perdón! Pues, la pequeña Gilda era una niña
muy bonita y muy simpática a la que le gustaba pasear por el bosque y cada día
sus paseos la llevaban más y más lejos, a pesar de que sus padres le habían
advertido de los peligros de alejarse de casa.
- ¿Y qué peligros eran esos? –preguntó Juanito
- Pues ya sabes, hay animales salvajes que podrían comérsela, se podría
perder y no saber volver a casa, podría comer setas venenosas…En fin, aquel
día Gilda se alejó demasiado y llegó al límite del bosque; vio a lo lejos
unas bonitas flores y salió para recogerlas; y cuando estaba distraída
recogiéndolas, apareció el más horrendo de los monstruos
- ¡Un trasgo! ¡No, no! ¡Un ogro! ¡O un dragón! –gritaron los niños
casi al unísono
- No, peor, mucho peor ¡Un humano!
- ¡Ooooooh!
- Si un terrible humano de cuatro patas y dos cabezas que echaba humo por la
boca
- ¡Jajajajajaja!
Las risas procedían del viejo Arameo que se acababa de despertar
- ¿De qué se ríe, papá?
- Pues, no lo sé hijo
- ¡De qué se va a reír! ¡Pues de que todo el mundo sabe que los humanos no
existen!
- ¡Ya salió la lista de Martita! ¡Pues claro que existen!
- ¡No, no existen!
- ¡Si, si existen!
- ¡No existen
- ¡Si existen!
- ¡Niños! ¡Niños! ¡Dejadlo ya! ¿Y tú de qué te ríes Arameo?
- Jajaja, perdonadme, pero es que jajaja no lo he podido evitar ¡Un humano de
cuatro patas y dos cabezas que echaba humo por la boca! Jajajaja
- Pero Arameo, algunos eran así, están descritos en los libros
- Los humanos son seres imaginarios, como los hipopótamos
- ¿Qué es un hipopótamo?
- Jajajaja, ¡Basta niños por favor! No me hagáis reír más y os lo
explicaré todo
- ¡Eso eso! ¡Explícanoslo!
- Entonces, ¿A nadie le interesa lo que le pasó a la pobre Gilda?
- ¡Calla papá! ¡Háblanos de los humanos abuelo!
Así que fruncí el ceño, me crucé de brazos y me senté de espaldas a ellos
fingiendo no oírlos. Gumersilda me miró y sonrió moviendo la cabeza de un
lado a otro.
- Muy bien niños; para empezar, los humanos sí existen; o al menos
existieron, la verdad es que hace más de 500 años que no veo ninguno. Pero
no es cierto que tuvieran cuatro patas y dos cabezas, lo que ocurre es que a
veces se desplazaban montados encima de otro animal que se llamaba caballo
- ¡Eso tampoco existe! ¡Son unicornios sin cuerno!
- Jajajaja, así es Martita, son como unicornios sin cuerno, y sí existen, de
esos sí vi. uno hace pocos años; pues bien; los humanos se subían a ellos y
se trasladaban así de un sitio a otro; la primera vez que uno de los nuestros
vio a un humano sobre un caballo, pensó que se trataba de un único animal, y
así dedujo que tenía cuatro patas y dos cabezas; pero en realidad los
humanos tenían sólo dos patas y una cabeza, y dos brazos con dos manos, casi
igual que nosotros, solo que de mayor tamaño. ¡Ah! Y tampoco tiraban humo
por la boca, bueno sí lo tiraban pero no lo producían ellos; lo que ocurre
es que quemaban unas hojas secas que retorcían en forma de palito, aspiraban
el humo y luego lo tiraban por la boca, y a eso lo llamaban algo así como
“formar un putillo”
- ¿Y para qué formaban putillos?
- No lo sé, supongo que para asustar. La verdad es que eran bastante raros
- Pero, ¿Eran tan horribles y sanguinarios como cuentan?
- Sí, eso sí ¡Ya lo creo! Mataban por placer, pero además también se
mataban entre ellos; y no uno contra uno como ocurre con algunos animales que
se pelean por defender su territorio no; lanzaban enormes bolas de fuego y
mataban a decenas de humanos arrasando además a todos los animales y plantas
que encontraban a su paso
- ¡Ala! ¡Te has pasao Arameo! ¿Por qué iban a hacer algo así? Todo el
mundo sabe que si destruyes todos los animales y las plantas de una zona te
acabas muriendo tú porque te quedas sin comida
- Así es Martita, pero ellos por lo visto no lo sabían, ¡Y se llamaban a sí
mismos “seres racionales”! Mi abuelo Sisebuto estudió mucho a los
humanos; escribió varios libros y muchas teorías sobre ellos, pero al
presentarlas a otros estudiosos como él, se las rechazaron por absurdas; y sí,
realmente eran absurdas, pero mi abuelo Sisebuto siempre decía que los
humanos eran así. Al parecer, eran muy curiosos, pero muy tontos y tenían
mucha imaginación, de forma que se hacían una pregunta y cuando no sabían cómo
responderla se inventaban la respuesta y se la creían; y lo que es peor, la
defendían y estaban dispuestos a matar a quien no pensara como ellos
- ¿Y qué preguntas eran esas?
- Siempre se estaban preguntando sobre quién había creado el mundo y a todos
los seres que en él habitan
- ¡Vaya chorrada! ¡Si se preocuparan más de conservarlo en lugar de pensar
en quién lo había creado…!
- Así es Juanito, tienes toda la razón. Además; como no se ponían de
acuerdo sobre quién lo había creado y cada uno quería imponer "su
verdad" acabaron matándose unos a otros en grandes guerras y batallas
- ¡Todo lo que dices son disparates! ¡A ver! ¿Dónde están ahora esos
humanos?
- Pues, la verdad es que no lo sé; pero si te soy sincero, tampoco quiero
saberlo; con suerte igual se han acabado matando los unos a los otros y no ha
quedado ninguno. Bueno, mi abuelo Sisebuto no pensaba así; él acabó cogiéndoles
cariño.
- Pero ¡Cómo se les puede coger cariño a unos seres así!
- Mi abuelo decía que eran capaces de inventar historias maravillosas igual
que nosotros, y además creaban música como los elfos, y pintaban preciosas
escenas en lienzo y en papel y transformaban el paisaje creando bellos
jardines, y lagos, y estanques, igual que las hadas; y además fabricaban máquinas
como los enanos, pero mucho mas grandes; algunas de ellas volaban, rugían y
lanzaban esas enormes bolas de fuego como los dragones; otras eran como
enormes casas que se movían sobre el mar; y otras por debajo del mar; igual
que las sirenas y los tritones; tenían una especie de pantallas donde veían
imágenes, parecidas a las bolas de cristal de las brujas. Además, en algunos
de sus libros escribían sobre nosotros
- ¿Y que decían de nosotros?
- Pensaban que teníamos poderes mágicos y que estábamos escondidos acechándoles
en todo momento
- ¡Jajajajaja! ¡Estaban locos esos humanos!
- Además, muchos de ellos pensaban que éramos seres imaginarios, que no
existíamos en realidad
- ¡Jajajajaja! ¡Definitivamente, nos estás tomando el pelo abuelo! Todo lo
que dices es una sarta de tonterías sin sentido. Los humanos no existen y
nunca han existido.
- Ojalá tuvieras razón Martita; muchos de nuestros sabios piensan que ellos
son la causa de que se estén reduciendo nuestros bosques y nos vayamos
quedando poco a poco sin sitio para vivir
- ¡Anda ya! ¡Papá porfa! Sigue con tu cuento
Sonreí y me volví triunfante al fin
- Ya te lo he dicho muchas veces Arameo; esas historias de tu abuelo son
demasiado absurdas y fantasiosas, nadie se las traga, ni siquiera los niños;
¡Pues bien!; como os decía, un terrible humano de cuatro patas y dos cabezas
se apareció tirando humo por su boca ante la pobre Gilda…
- ¿Por qué boca? ¿Por la de una cabeza o por la de las dos?
Arameo se encogió de hombros, sonrió y se volvió a tumbar a la sombra.
José
Samper
Josune Rey
Aurrekoetxea
Un
producto, un segundo
Cuando
los niños y a las niñas de la escuela de mi barrio recogen los
envoltorios de usar y tirar de sus meriendas de las manos de las
abuelas teñidas y de los abuelos absortos, se produce un silencio
crujiente. Los envoltorios de los Crunchis,
Paskis y Muskis
rebosan la papelera que cada mañana vaciará el barrendero a las
siete y cuarto, antes de que vuelvan a llenarla esos mismos críos
con los envoltorios de los Prekis, Gubs y Flandis.
Esos desayunos que se comen-beben a todo correr por las aceras son
administrados por las mismas abuelas, pero con la marca de la
almohada todavía pegada a sus cabellos rubios. Los abuelos trotan
metidos en sus sueños. Nada hace pensar que alguien note el sabor o
la textura de una fruta exprimida dentro del bote de plástico, de
la energía del cacao y los cereales del otro, de los componentes
para que suban las defensas metidos en esa otra botellita, de la
leche y el zumo juntos en un brick brillante o de las galletillas
cada una metida en su celofán.
El
barrendero de mi barrio es un hombre metódico que vive agobiado por
los horarios de expulsión de envoltorios de esa escuela y del
instituto de enfrente a donde acuden
devoradores de Vayas,
Guachis y Olalás, los
productos de moda para adolescentes inconformistas.
Papá
no ha muerto. Está en el coche ganando dinero en ese atasco eterno
en el que viven los taxistas. Papá vive cronometrando el tiempo,
tictactictac. El tiempo que lleva a casa los euros para tantas
cosas: hipoteca, tele nueva, la ortodoncia de la cría. Mamá no está
de brazos cruzados. Está en el centro comercial. Es cajera por
horas rodeada de aire inexistente, de luz chillona y de miles de
productos que pasan por sus manos con un pitido. Sobre todo, los
mencionados Paskis, el
snack de tus mejores momentos, y los Bifisis,
dos al día, buenos para el tránsito, el colesterol y la caída del
cabello. Un producto, un segundo. Es el lema de la cadena comercial.
Y Mamá está de acuerdo: cada segundo cuenta, porque la comida
sube, y la ropa no te cuento y también está la dichosa ortodoncia
de la cría.
Josune Rey
Aurrekoetxea
Josean
Aparicio